Las mentiras que nos contaron sobre fumar porros

Quizás todos tenemos más o menos el mismo recuerdo en común: una persona, generalmente un policía o miembro de una ONG, imparte una charla en nuestra escuela sobre drogas ilegales. 

En ocasiones trae consigo muestras de las sustancias, o algún ex-adicto que se preste a la trama teatral. Con pocas variaciones, lo que nos dirán es siempre lo mismo: que la marihuana es mala, que veremos a la gente verde y que terminaremos inhalando heroína, mientras nos chutamos hachís, en un callejón oscuro y truculento que será nuestro fin.

 

Si estás leyendo esto fumando, sabes de sobra que no funciona así. Por el contrario, si no fumas, es probable que tengas un amigo que sí, y que no deje su vida familiar o laboral para embarcarse en la búsqueda del subidón definitivo.

Entonces, ¿qué pasa con el cannabis? ¿por qué la mentira se abrió paso sobre la verdad?. 

Hasta el siglo XIX se explotaba el cáñamo en todas sus posibilidades: textiles, cosméticas, alimenticias, terapéuticas y lúdicas.

Quizás es así, enfocándonos en todos sus potenciales, que se dibuja mejor a cuántos intereses podía perjudicar.

La ilegalización del cannabis estuvo repleta de apelaciones al miedo y al racismo, consentidas por empresarios, médicos y legisladores corruptos e incompetentes, dispuestos a anteponer sus intereses a los del público.

La mayor fuerza prohibicionista surge y se consolida en los EEUU, por entonces una potencia emergente.

Paradójicamente, sus fértiles planicies y humedales llevaban siglos potenciando la industria de guerra, textil y medicinal con cáñamo. 

En ese sentido, era impensable que amplias masas de campesinos norteamericanos se arrojaran al desenfreno del cannabis. Sencillamente no lo usaban de forma recreativa. 

Pero en la primera década del siglo XX todo empezaría a cambiar. La primera interpretación racista contra el cannabis estuvo dirigida a negros y mexicanos, que sí hacían un uso lúdico de la planta. 

Los periódicos comenzaron a difundir muchas de las primeras fake news:

Que los afroamericanos y latinos estaban dándole cannabis a los niños blancos, que la maría hacía que los negros se parasen en la sombra del hombre blanco y osaran mirarlo a los ojos, o que la palabra assasains venía de unos guerreros sanguinarios cegados por el hachís, es decir tonterías y más tonterías

No faltó un doctor, llamado A. E. Fossier, que puso su firma a la siguiente frase:

 “Bajo la influencia del hachís, aquellos fanáticos se arrojaran locamente contra sus enemigos, masacrando sin piedad a todos los que tengan cerca”.

Patrañas, sin ningún atisbo de evidencia científica que lo respaldara. Si por alguna razón se ilegalizó el cáñamo esta no fue, desde luego, basada en criterios sanitarios.

El juicio demonizador hacia el cannabis era más bien de índole personal y económico.

William Randolf Hearst, magnate de los medios, es recordado por ser el fundador del amarillismo y utilizarlo como herramienta lobbista.

Su pugna personal contra los mexicanos y negros lo hizo emprender una incendiaria campaña de prensa, destinada a asociarles con la delincuencia y, a su vez, señalar al cannabis como catalizador. 

Hearst también había hecho importantes inversiones en la industria maderera, pero él bien sabía que el cáñamo podía desbancar a los astilleros como fuente de papel.

También lo sabía DuPont, una compañía petroquímica con varias patentes de productos de fibra a base de petróleo.

La marihuana es, desde tiempos inmemoriales, una fabulosa fuente de fibras textiles.

La tríada perfecta de intereses personales, industriales y acción gubernamental llegaría con Harry J. Anslinger.

Este hombre, a quien se le encomendó la dirección del recién constituido Buró Federal de Narcóticos, vio su oportunidad para labrarse un legado.

Dicha herencia resuena en todo el mundo y sobrevivirá en las doctrinas de Reagan y Nixon, pero su verdadero lugar siempre estará en las páginas del oprobio cannábico

Valiéndose de artimañas burocráticas, logró argumentar que tasar la cocaína y la heroína no sería suficiente, por lo que se hacía patente la necesidad de un nuevo impuesto federal: The Marijuana Tax Act de 1937.

El día que fue presentada en el congreso, utilizando la tendenciosa palabra marijuana (en lugar de cannabis o cáñamo).

Consiguió engañar a los legisladores, que la aprobaron con un informe basado casi por completo en la prensa amarillista de Hearst

Así, en los albores del siglo XX, se evidenció el poder que pueden desplegar en conjunto.

La maquinaria mediática, los intereses de grandes corporaciones y el aparato estatal, para coincidir en una sarta de planteamientos sesgados, racistas y ridículos.

Este ridículo será muy serio para las millones de personas que acabaría llevando tras las rejas en las décadas sucesivas.

Todo por hacer lo que ha hecho la humanidad desde que existe: aprovechar el fruto de la tierra para protegerse, alimentarse.

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *