Empresas que no agradan para un mercado nuevo

Empresas de talla mayúscula se están dando cita en el mercado del cannabis. Este sector despierta ingentes apetitos entre las fortunas más grandes del mundo.

Prueba de ello es la creación de Laboratorios Naturasor, parte de la inversión del Grupo Pitma en marihuana. Se caracteriza por ser de capital español y estar integrada verticalmente, desde la semilla hasta el producto medicinal. 

Dicha empresa surge de una unión entre Soria Natural, Grupo Pitma  y Hemp Farms The Vault. Soria Natural es una empresa de suplementos y medicinas naturales, mientras que el Grupo Pitma es un conglomerado empresarial cántabro que cuenta con hasta 30 filiales en los más diversos rubros. Hasta se han comprado un club, el Racing de Santander.

Hemps Farms The Vault es una sociedad creada ad hoc, “domiciliada” en un remoto caserío de Eskoriatza, País Vasco, con poco más de un año de existencia.

No es ningún “especialista mundial en el cultivo de cannabis” como dicen en su comunicado de empresa y de hecho copia su nombre de una cadena de dispensarios de Washington, The Vault Cannabis.

Sin embargo, Laboratorios Natusor dice que lleva años conduciendo experiencias piloto en España.

Ahora aseguran estar apuntando al extranjero, con filiales en México y Colombia, así como posibilidades en Brasil y Tailandia.  

El Grupo Pitma invierte en marihuana colombiana, mexicana y tailandesa, los nuevos países insignia del cannabis medicinal. 

El panorama que se dibuja es bastante claro: un gran conglomerado, cuyo único rubro real es hacer dinero, invirtiendo en un mercado que promete jugosos dividendos.

 A esta aproximación de negocio hay que observarla con lupa.

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El hecho de que el Grupo Pitma invierta en marihuana no es ni mucho menos beneficioso para los usuarios de la planta, ni para sus empleados ni para el fin de asegurar el fácil acceso y distribución de la macoña. 

El hecho de que sean empresas creadas a propósito, con el único fin de lucrar en un mercado incipiente, supone una amenaza para la calidad del producto, ya que se deja de lado la pequeña y mediana empresa, mucho más enfocadas en el consumidor y conocedoras de sus necesidades.

A parte de esto, los grandes conglomerados, como el Grupo Pitma, son propensos a prácticas laborales abusivas

Los cultivadores de toda la vida, que llevan años trabajando para hacerse un hueco en la industria del cannabis, aún al margen de la ley, solo pueden observar cómo el Grupo Pitma invierte en marihuana y se lleva el mayor trozo del pastel.

Abogar por un mercado nacionalizado, como el caso de Uruguay y Tailandia, puede parecer arriesgado. No obstante, es la única forma de garantizar un producto de calidad, asequible y distribuido con criterios distintos a los del lucro por el lucro. Es un enfoque que han asumido economías legalizadoras del uso medicinal, como Colombia o Argentina.

La otra alternativa es un entramado empresarial y de cooperativas, de pequeño y mediano tamaño, enfocadas en el producto y con control estatal. Una distribución de beneficios mucho más equitativa, amigable con la calidad y el consumidor. Colorado y Washington son un ejemplo de empresariado pequeño y mediano, con altos impuestos y vocación por el consumidor.

Lo que han hecho los países anglosajones es gravar los productos de cannabis y destinar sus recursos a la educación y la mejora de infraestructuras. Las tasas impositivas rondan el 20%, similar a las del alcohol y el tabaco. No deja de ser irónico que, luego de décadas de prohibición impuesta desde los grandes poderes económicos, sea un gran entramado empresarial el que encabece la nueva industria del cannabis.

Si algo nos han enseñado estas décadas de persecución, es a no fiarse de los intereses del gran capital. Por eso la legalización del cannabis tiene que partir del consumidor y sus dolencias, del autocultivo y de la pequeña plantación del abuelo.

Es a esas personas, a las que debe resarcir cualquier mercado de cannabis que se abra.

Lo demás es usurería.

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