La planta de la cannabis sativa entraña un innegable potencial para revitalizar el campo español.

Las tierras españolas, bañadas de Mediterráneo y sol cenital, son un verdadero paraíso europeo.

Comparado con sus contrapartes septentrionales, como Polonia o Reino Unido, saltan a la vista las notables ventajas del clima, la geografía y la tierra. La suerte de la naturaleza, sin embargo, por sí sola no es una fuerza productiva y no reviste ninguna riqueza. 

Eso los saben de sobra los y las congoleñas, que viven en el país más rico del mundo en términos de petróleo, oro, diamantes… Pero dicha bonanza repercute más bien de forma negativa sobre su vida, porque expolian el botín frente a sus ojos. Impotentes, sin un aparato de poder unificador y eficaz, la República Democrática del Congo es una ficción de los mapas. 

De puertas para adentro, es una maraña de guerras fratricidas de diversa índole. 

Es entonces el manejo de los recursos de la tierra, no éstos en sí mismos, lo que es esencial para la riqueza, y algo demasiado bueno (sea petróleo o tulipanes) puede ser contraproducente para sus habitantes. 

¿Y dónde entra el cannabis aquí? 

El cannabis, marihuana, cáñamo… O cómo se prefiera llamar, es de las plantas más útiles conocidas por la humanidad. Es fácil de cultivar, soporta bien las temperaturas y se aprovecha de la raíz a la flor. Sus aplicaciones van, desde el combustible y la fibra, a las medicinales y recreativas. 

Ahora mismo, a la par que se despuebla la España rural, se está abriendo un mercado multibillonario de cannabis. Un correcto aprovechamiento de la tierra sería plantar lo más versátil, eco-responsable y rentable posible. La respuesta es sencilla en este momento: cannabis.

China, EEUU y cada vez más países latinoamericanos están plantando marihuana por toneladas, abriendo mercados internacionales y sacando solo una pequeña parte de todo el beneficio estimado para, por otro lado, ser capaces de mantener cierta apariencia de guerra contra las drogas sin que se les caiga la cara de vergüenza. 

campo español

Las tierras españolas tienen un inestimable potencial para el cannabis. Los pioneros en esta industria, como todos los pioneros, encuentran un sinfín de obstáculos, pero además también disfrutan de la deliciosa savia del descubrimiento. 

Hempleaf es uno de esos pioneros del sur de España. Con base en la ciudad de Almería, su dueño Víctor Manrique tiene plena conciencia de todos los potenciales del cáñamo. Desde fibras textiles hasta plástico y biocombustibles. Su trabajo gira en torno al asesoramiento de productores de cannabis españoles.

En ese sentido, su trato es con agricultores. Gente del campo como él que, decepcionada de la relación trabajo/beneficio de otros cultivos, decide intentar con el cannabis. Básicamente el trabajo de Hempleaf consiste en encontrar compradores para esos campesinos, sobre todo en el ámbito internacional. 

Abdel Ghani es uno de esos trabajadores de la tierra que decidió probar suerte. El cáñamo almeriense, bañado de sol mediterráneo y tratado con cariño, es el recurso de la tierra mejor aprovechado. 

cannabis

Lo saben de sobra Inglaterra, Holanda, Polonia…Todos potenciales mercados europeos. Y lo sabe también Abdel que levantó a su familia gracias al fruto del campo bien trabajado. Es allí, en la ruralización inteligente, donde está la llave para repoblar el campo español. 

Las iniciativas empresariales y agrícolas que arriban al mundo del cannabis a menudo se encuentran con legislaciones grises, policías anclados al pasado y un sistema financiero obsoleto.

Sin embargo, poco a poco abren espacios para utilizar de manera provechosa la bendición de la tierra y detener la catástrofe guerrerista contra las drogas. 

Por esta razón, a casi todos ellos, gracias por su valentía.

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